El partido se disputa a puro fuego. Las llamas queman en cada área; los roces constantes sacan chispas que incendian las pieles. No hay tregua que valga ni banderas blancas que ondeen. Nada es gratis, todo cuesta más que una vida.
Vinicius se enfila por la izquierda del campo y se decide a tomar justicia por propio pie. Suelta, a la bola se aparecen alas insurrectas, se enmaraña en la red del Benfica. Vinicius corre al banderín de corner y baila con baile triunfal, mueve sus caderas como lo hacía en su barrio de San Gonzalo, en el estado de Río de Janeiro, y a algunos no les gusta: lo interpretan como un movimiento vulgar y provocativo.
“¡Mono!”
El Real Madrid se adelanta con el gol del atacante brasileño, pero no todo está dicho. Hay bravura, hay frenesí, España contra Portugal. A Gianluca Prestianni le arde Vinicius, sus habilidades, su participación en decenas de jugadas, su todo. Él trata, pero no puede: la zaga madrileña es de acero puro.
“¡Mono!”.
Hay bronca colectiva, un caos, el árbitro corre de un lado a otro. Tarjetas amarillas y rojas, maledicencias, evocaciones a las madres, estridencias, jugadores, técnicos, delegados. Al fin triunfa el imperio de la normalidad. Que siga el partido, que sigan las arrecheras. El fútbol suele ser noble, pero a veces no tanto. Se guardan rabias en cofres de malaleche; ahí están heridas y cicatrices que quizá nunca sanarán.
“¡Mono!”.
Hay dos partidos. Benfica y Real Madrid se matan por prevalecer. Vinicius y Prestianni no cesan, se dicen cosas. Nicolás Otamendi se aprovecha de la tensión del momento mientras se cobra un corner para mostrarle el tatuaje en su estómago al brasileño. Es la Copa del Mundo, y ahí se lee: “Campeones”. Y le dice, adornando su rostro con una sonrisa de sarcasmo: “Es mía, es mía”.
“¡Mono!”.
En las dos áreas se camina por el filo del acantilado, hay angustias porque es un partido decisivo y se intenta con el alma no caer por el desfiladero de la eliminación. Ah, termina el afán, el Madrid vence por el gol de Vinicius y ha clasificado a la ronda de los mejores. Benfica queda “fora”, como se dice en portugués.
Todo va acabando, se difumina el gentío alrededor de la cancha, la ley de vida ordena irse a casa. Pero no, en este enojoso asunto nada ha terminado. Real Madrid y Benfica tendrán que volver pasado mañana en el estadio Santiago Bernabéu. Habrá nervios crispados, deseos febriles porque llegue la hora del partido, mirar la presentación de los equipos y el instante supremo cuando Vinicius y Prestianni se den la mano. ¿O no? ¿Recordarán, a viva voz, sus diferencias de unos días atrás, allá en Lisboa? ¿Volverá el negro a provocar al blanco con su baile insinuante, o será este quien pronuncie la maldita ofensa? ¿Será una jornada de reconciliación o de insultos mutuos?
“¡Mono!”, se oyó varias veces. Segregar, discriminar, se ha puesto de moda.

