Vie. Mar 6th, 2026

Oswaldo Vizcarrondo, llegó tu tiempo

Partió de Caracas, cruzó los siete mares hasta volver a la gran ciudad. En Argentina, Paraguay, Colombia, México, Francia supieron de él, de su cara seria casi de pocos amigos, de su sobriedad en la acción de cortar el juego e irse al ataque. Bravo con la cabeza, impecable en el salir desde el centro de la zaga, lúcido en la entrega. Ahí va el hombre, con su 1,91, su tranco seco, su presencia de gigante, que mira el partido y no a la muchedumbre que lo sigue con aire de salvador.

Tenemos impreso en la memoria aquel equipo que en 2009 llegó a cuartos de final de la Copa Libertadores. Los zagueros centrales, José Manuel Rey y Deivis Barone, contenían los furiosos ataques del Gremio de Porto Alegre; y Oswaldo Vizcarrondo, invadido por la añoranza, miraba el partido por la televisión.

La razón era esta: hasta meses antes había sido, junto a Rey, bandera del Caracas, el equipo que lo vio nacer y crecer, pero las andanzas del fútbol, el andar los senderos que le marcan el destino, no lo dejaron ser parte de la gesta nacional.

Vizcarrondo siempre fue observador del juego, miraba el panorama con ojo avizor, y sentía en la piel la necesidad de aprender y enseñar, enseñar aprendiendo.
A Francia, al Nantes del río Loira, fue junto a Gabriel Cichero y Fernando Aristeguieta en aquel contingente venezolano que, en un simpático juego de palabras, el diario “El Nacional” tituló “Nantezuela”. Sí, porque así era en los días de “vino y rosas”, como cantara Ismael Serrano, cuando bajo la guiatura de Richard Páez y César Farías los jugadores de aquí comenzaban a escalar posiciones en el fútbol europeo.

Aquellas miradas fraguaron. Se convirtieron, en proceso de introspección, en un cúmulo de conocimientos, de esos que solo se dan en el fútbol. Estudiar el comportamiento de los compañeros, la entrada al campo, los conflictos de los partidos, las soluciones. Todo ese arsenal de instrumentos, violines y guitarras afinadas y por afinar, entraron en él.

Y la retirada no fue retirada. Fue el momento, y él lo sabía, de entregarle a la muchachada todo lo guardado en la experiencia acumulada, tantos pasajes, tantas cosas vividas, tantas vainas pasadas por aquellas botas de fuego encendido.

Y llegó lo que había de llegar. A la Federación el convencimiento de que al fútbol venezolano solo le cabía un tutor venezolano. Y también le llegó a él, el hombre de hormigón de la defensa dondequiera que haya jugado, el instante de tomar lo ofrecido. Milan Kundera, el escritor checo, decía que hay decisiones que se toman, pero que también hay decisiones que lo toman a uno. Vizcarrondo no dejó que esto le pasara: dijo que sí, que acepto a la Vinotinto con la determinación lista y el compromiso decidido.

Adiós al pasado. En el porvenir hay páginas por escribir. Oswaldo Vizcarrondo lo sabe: tiene lista y con tinta Vinotinto la pluma de la historia.

No estará solo…

La Vinotinto se toma las cosas a pecho. Oswaldo Vizcarrondo, en su estreno como director técnico nacional, tendrá alrededor como compañeros de lujo al brasileño Cleber Xavier, un asistente técnico de mil batallas y entrenador alguna vez del Gremio de Porto Alegre; al uruguayo Óscar Ortega, veterano kinesiólogo que estuvo en el Atlético de Madrid hasta el 2024, y a Mario Marín, colombiano, exigente preparador de arqueros que ya ha estado con los seleccionados de Colombia y México, con este último en el Mundial de Rusia.

Esto hacía falta: alejarse de la improvisación, de segundos frentes de tono menor para llegar a un equipo que, al parecer, podría bordar un trabajo caracterizado por la seriedad.

Después de lo sucedido con la selección hace unos meses va a costar elevar la esperanza, pero bueno, ahí estará la responsabilidad de este grupo.

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