El ser humano suele ser indescifrable. “Caras vemos, corazones no sabemos” dicta el refranero popular, en palabras sabias que podrían ser aplicables a dos venezolanos, uno jugador de beisbol, el otro de fútbol, por situaciones vividas y normalmente repudiadas por las aficiones de estos deportes. Escenas que guardan paralelismos con razones de vida, con maneras de mirar las cosas: unos ven hacia el país y el amor hacia un intangible; otros, hacia un beneficio personal y el de su familia. Entonces, y parándonos en medio de los dos caminos, ¿quién tiene la razón?, ¿tomar una deriva u otra justifica los motivos?
Jesús Lizardo, ya convertido en bandera del pitcheo, se negó a incorporarse a la selección para el Clásico Mundial alegando que no quería entorpecer su firma sideral con los Filis de Filadelfia. Prometió, una vez que dejara atrás esto de los millones de dólares que ganará en los próximos años, integrarse al equipo. El manager Omar López, creyendo en aquellas palabras, planificó su estrategia de lanzadores con el veloz zurdo al frente. Mas, Luzardo nunca llegó. Con una excusa, con otra, “miró al viento de medio lado” para no colocarse en su torso la camiseta nacional…
Oswaldo Vizcarrondo, técnico Vinotinto, colocó con letras de relieve en su cuaderno al mediocampista y atacante Jefferon Savarino. El zuliano, también con actitud evasiva, alegó una lesión y por ello debía cuidar su estado físico; pocos días después saltó a una cancha de Brasil como titular en el esquema del Fluminense.
Venezuela jugaría un torneo en Uzbekistán que sería el comienzo de un nuevo ciclo con la miradas puesta en el Mundial de 2030, y por lo visto, dada su calidad y su experiencia, Vizcarrondo contaba con él. Pero no, Savarino se aferró a su falta de condiciones óptimas y nunca apareció…
Esta diatriba nos hace traer a esta columna a Muhammad Ali y su negativa a ir a la guerra de Vietnam con el ejército de Estados Unidos. No tuvo razones de dinero, como Luzardo, ni cuidado de su físico, como Savarino, sino una convicción humanística: “No voy a matar a quien no me ha hecho nada”, alegó entonces. Visto todo esto, pensemos: ¿es obligatorio, y por quién o qué, defender en alguna manifestación deportiva a un país?, ¿qué ley puede ser una versión contemporánea del “Código de Hamurabi”? Luzardo y Savarino están en entredicho y, por causa de un patriotismo no sabemos si bien interpretado, mal vistos. Habría que saber qué se movió en el fondo de los sentimientos de los dos jugadores, y si, ya amainando la tormenta, ellos piensan con arrepentimiento no haber participado en las aventuras internacionales del beisbol y el fútbol. Nos vemos por ahí.

