
El dilema está vivo: ¿son los jugadores o el director técnico? Siempre se ha discutido el tema, porque si el equipo gana es porque “ese nuevo técnico sí sabe”, pero si llega el día de la derrota, “ese entrenador se equivocó en el planteamiento”. Por eso en la polémica los jugadores quedan a salvo: ganar o perder los exime de toda culpa: el cielo o el infierno no es para ellos.
El asunto, que suele ser normal en el día a día del bendito fútbol, ahora aparece de nuevo con el Real Madrid. Se fue Xabi Alonso con su infortunio a cuestas, llega Alvaro Arbeloa con el milagro entre manos. ¿Uno era tan falto de ideas y el otro aparece con “einstein” en el cerebro? Con Alonso, que no fue tan deficiente como a menudo se le califica, el equipo del paseo La Castellana no iba tan mal; perdió un partido importante, el de la Supercopa ante el Barcelona, y el mundo se le fue encima. ¿Era para tanto? Tal vez sí, tal vez no…
Bueno, llegó el relevo y aunque cayó en un partido de la Copa del Rey, ha cosechado tres victorias corridas y ya se le comienza a ver como un “superhéroe” de Marvel: Alavés, Mónaco (este en la Champions League) y el Villarreal han probado de la explosiva “pólvora Arbeloa” para rendir sus posibilidades ante el Madrid. Decimos, de nuevo, “no es para tanto”. Vayamos al mundo real: el Real Madrid gana porque tiene para ganar, porque es el único que lleva en su vientre a Kylian Mbappé, a Vinicius, a Jude Bellingham, a Federico Valverde y a todo ese plantel de lujo que gana aunque apague los motores. Más allá de Alonso, a un costado de Arbeloa, el equipo blanco va a seguir pidiendo paso en la intrincada selva de fútbol español. No es por un técnico despachado y ni por un entrenador que llega; es por la iluminación de astros que enceguecen a los adversarios. Ganó tres y va a seguir ganado, así regrese Alonso, así continúe Arbeloa. ¿Es el técnico o son los jugadores?…
Ahora hacemos una proyección y llegamos hasta la Vinotinto. Cuando la selección comenzó a tambor batiente su saga en el Premundial, todo era porque Fernando Batista era un “mago” y podía hace el “milagro” que por poco los entusiastas e inocentes aficionados lo comparaban, y valga la herejía, con el de “los panes y los peces”. Se cayó el armario, rodaron las piezas de la estantería, y el entrenador argentino pasaba, en un día y de un viaje, a ser un “pecador imperdonable”. No fue el arquero que dejó pasar algunos balones, no fue el atacante que falló goles hechos; la culpa fue del hombre que no supo leer los partidos. Entonces: ¿fueros los jugadores o del que planificó la estrategia?
Nos vemos por ahí.
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