Asus 35 años, Luis “Cariaco” González todavía tiene combustible para rendir a plenitud en el fútbol venezolano. De hecho, fue la mejor incorporación que tuvo el equipo aurinegro para el torneo Clausura 2026 en el que mostró sus virtudes de organizador del juego para darle movilidad al equipo y asociarse con sus compañeros en la creación de las acciones.
En el fútbol de ahora y de siempre lo más importante no es correr a toda velocidad como una locomotora, sino saber manejar los tiempo y decidir en fracciones de segundos hacia dónde debe circular el balón. Parafraseando a Renés Decartes, en el fútbol también encaja a la perfección aquella sentencia inmemorial del filósofo francés: “pienso, luego existo”.
“Cariaco” está lejos de ser un correcaminos del fútbol. Lo suyo ha sido pensar para que el fútbol exista, ver el panorama completo, anticipar en su mente la jugada y meter el pase preciso para que sus compañeros queden de cara al gol o definir con la clase atesorada en su botín derecho. En cualquier otro equipo de Venezuela, un mediocampista con su experiencia y habilidad sería titular absoluto, porque los futbolistas que saben con el balón, que lo tratan con respeto y delicadeza para que corra con propósito en el terreno, deben tener un puesto en el once inicial.
Pero el técnico uruguayo, Álvaro Recoba, a quien nadie puede discutir sus enormes méritos de estrella del cuero en sus tiempos de mediapunta y goleador del Inter y la selección charrúa, ha tomado la decisión de amarrar las riendas de Cariaco, dejarlo en el banco de suplentes aurinegro para administrar sus minutos y sacarle máximo provecho.
Lo cierto es que en este comienzo de temporada, Táchira exhibe un juego espeso sin un mediocampista con ideas que marque el ritmo y ordene el ataque, tal como ocurrió ante Anzoátegui en la Liga Futve y The Strongest en la Copa Libertadores en Pueblo Nuevo. Basta que Cariaco pise el césped para que el aurinegro ecuentre las conexiones requeridas y surja lo mejor de su ataque. De allí que no se entiende ese planteamiento de Recoba de “administrar” los minutos del mediocampista para usarlo, cuando el equipo se encuentra en aprietos.
¿No sería más útil que Cariaco derrochara su talento desde el inicio de los partidos para amar un ataque más temible con Adalberto Peñarada, Carlos Sosa y Rodrigo Pollero, especialmente de local en Pueblo Nuevo? El mejor servicio que Recoba puede hacerle a Cariaco es dejarlo jugar a sus anchas. Rodearlo de compañeros con bue pie para que el balón corra por él y los rivales sufran para alcanzarlo.
Humberto, maestro de la humildad
Los periodista deportivos de la generación que pertenezco crecimos leyendo religiosamente las columna Triple Play de Humberto Acosta, a quien admirábamos a la distancia, hasta que el oficio más hermoso del mundo nos permitió conocer de cerca a un tipo humilde, sin ínfulas de estrella del medio, siempre dispuesto a transmitir sus conocimientos a las nuevos aspirantes a cronistas. Cuando el diario Líder armaba su plantilla de colaboradores, Humberto Acosta estuvo a un paso de dejar El Nacional para sumarse al nuevo proyecto.
Cuando la directiva del diario de Puerto Escondido se enteró que su columnista estrella podía ser fichado por el nuevo diario deportivo, le rogaron que no se marchara y le ofrecieron villas y castillos. Pero años después tuvimos la fortuna de contar con la extraordinaria pluma en las páginas de este diario. Fue entonces que pudimos conocer de primera mano el ser humano casi intangible que era Humberto.
Un tipo que se movía en transporte público, que renegaba de los celulares y las redes sociales, y que prefería las conversaciones de café con un lector de carne y hueso para compartir sus innumerables anécdotas no solo del beisbol sino de su admirado Benfica. Lo leímos con devoción en nuestra juventud y en los años más recientes tuvimos la fortuna de editar su inmortal columna. Hoy lo despedimos agradecidos por tanta sabiduría que repartió gratis cada día en su aula abierta de periodismo.
Juegos Escolares recuperan los liceos y escuelas para masificar el deporte
Los Juegos Estudiantiles han renacido en todo el país. En estos días asistimos al lanzamiento de la fase intercursos en el Liceo Carlos Soublette, en San Bernardino, donde cientos de chamos están dando vida a las competencias de baloncesto, fútbol sala, voleibol, ajedrez y beisbol 5 que forman parte de la multitud de disciplinas de esta fiesta del deporte escolar.
Pero lo que más nos maravilló fue reencontrarnos con la institución educativa en la que nos formamos. Pasaron cuatro décadas desde que abandonamos sus aulas, pero el Carlos Soublette mantiene intacta su estructura, gracias a la inversión realizada por el gobierno nacional para recuperar su fachada, reparar las aulas, instalar dos canchas de grama artificial y embellecer el gimnasio con material deportivo y un hermoso mural dedicado a estrellas del deporte nacional como Yulimar Rojas,
El gimnasio ahora lleva el nombre del eximio profesor José Rigo Merchán, quien dedicó su vida a la promoción de la práctica deportiva. Gracias a Rigo, a finales de los años setenta el Carlos Soublette se llenó de colchonetas y entrenadores para formar gimnastas, judocas y luchadores, alguno de los cuales fueron grandes figuras del deporte nacional, como Ana Solórzano que fue campeona de sambo en los Juegos Panamericanos de Caracas 1983. Ahora, bajo la dirección del profesor Roberto Andrade, se respira deporte en cada rincón de esta institución.
De allí la importancia de la celebración anual de los Juegos Escolares, organizados por Mindeporte y Mineducación, porque sirve para recuperar escuelas y liceos en pro de la masificación deportiva.

