
El enredo, como si el fútbol no los tuviera, se ha presentado. Con la guerra en el estrecho de Ormuz desatada, con las bombas que explotan y no se sabe quién es quién, y con la información tergiversada y loca, todo lo que se dice alrededor de la selección de Irán es confuso. Unos días se publica que, como consecuencia de la situación política, su selección no estará en el Mundial; otro día se asegura, que dejando a un costado los truenos y los drones, sí viajarán a enseñar con dignidad a su equipo nacional.
Como el propio conflicto bélico, la situación de los iraníes es un enigma, y como decía cierto profesor en la universidad, es un “galimatías”. El director técnico y los futbolistas están deseosos de jugar la Copa y así lo han manifestado, aunque no escapan a todo lo que pasa en su país. Esta ambigüedad, pues, marca el camino de la actualidad en la República Islámica de Irán y en el Reino del Mundial de Fútbol…
Todo este torbellino desata ambiciones. Aunque han sido varios los países dispuestos a “sacrificarse” y ocupar el lugar de Irán, la FIFA mira el reglamento (aunque no sabemos si situaciones así están en letra escrita) y el sentido lógico dice que ha de ser Italia la candidata. Su lugar doce en el ranking universal la avala y desnuda a Bolivia y Chile, lejos en las clasificaciones como pretendientes. Pero este asunto no es así nada más; estar en el Mundial exige, además de la preparación física y futbolística, la adaptación del pensamiento y la actitud mundialista. Si los italianos son elegidos, el temor está montado en este asunto: sus hombres no piensan en Mundial, y a estas alturas del ya casi finalizado campeonato han de estar más pendientes de sus vacaciones en el mar Mediterráneo o en los Alpes suizos que en enviar el balón a las redes contrarias…
No obstante, recordemos a Dinamarca en la Eurocopa de 1992. Con sus jugadores de fiesta, caminando descalzos y en bermudas por las playas de Ibiza y con un colorido cóctel jugueteando entre las manos, fueron llamados a ocupar el puesto de la inhabilitada Yugoslavia. Fueron a Suecia, y en la final, jugada en Gotemburgo, liquidaron a Alemania 2 a 0. Tal estampa quedó como la posibilidad de festejar la improvisación que el fútbol, por sabia fortuna, no ha perdido. Entonces, no estaría de más pensar que si las noticias de Ormuz y las batallas de plomo permitieran a Italia inscribirse en el Mundial, llegarían a Estados Unidos, México y Canadá a desplegar su bandera y a conquistar su quinto título de la Copa del Mundo. Bueno, si lo iraníes se lo permiten.
Nos vemos por ahí.
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